Eucaristía por un Mundo que Vive con SIDA
Viernes, 1ro de diciembre de 2006
Iglesia Católica Nuestra Sra. de Lourdes
Atlanta, Georgia
Durante estos días en que concluye el Año Litúrgico, la Palabra de Dios ofrece amplias
referencias a visiones para nuestra consideración. Juan el Evangelista comparte sus
visiones apocalípticas sobre el fin de los tiempos, visiones y acontecimientos que son, a
la vez, fascinantes y espantosas. En el Evangelio de esta tarde, Jesús urge a sus
discípulos a estar atentos a lo que ven a su alrededor; en otras palabras, a interpretar las
señales de los tiempos. También nosotros, por ser discípulos hoy en día, debemos estar
alertas a las señales de los tiempos en los que vivimos.

Una de esas señales que, como las visiones de Juan que escuchamos anteriormente y
las cuales son tan insidiosas como alarmantes, es la reacción mundial a la persistente
propagación de la pandemia del VIH y el SIDA. Hemos vivido con esta realidad durante 25
años en los Estados Unidos, y nuestra respuesta a la enfermedad y al dolor que deja a
su paso nos inspira, al mismo tiempo que nos horroriza.

Gracias a Dios, ahora podemos hablar sobre el VIH y el SIDA como una enfermedad que
no discrimina en su alcance y su impacto. Ha tocado las vidas de criaturas en el vientre
materno; hay pacientes que se infectaron a través de transfusiones de sangre en los
hospitales; de hombres y mujeres, personas de todas las clases, edades, razas y
comunidades étnicas. La creciente atención que se ha dado a esta enfermedad es señal
del aumento en la concienciación sobre el dolor que esta plaga ha causado en el corazón
de la familia humana. Este aumento en la toma de conciencia también es señal de la
solidaridad que todas las personas deben experimentar mientras continuamos la
búsqueda de una cura para la enfermedad, y consolamos a aquellas personas cuyas
vidas se han visto afectadas por la misma.

Pero también hay una visión inquietante que no podemos ignorar o negar. Algunas
personas aún insisten en concentrarse exclusivamente en la manera en que ocurre el
contagio con el VIH, y en aquellas personas que han sufrido de manera
desproporcionada a causa de su presencia. Algunos hermanos aún desean evitar ser
compasivos debido a los prejuicios que permanecen como efecto residual del pecado
del odio y la discriminación. El mundo ha vivido con el VIH y el SIDA por 25 años; sin
embargo, hemos vivido con tal intolerancia durante toda nuestra historia humana.

Esta noche, en oración y durante la Eucaristía, acogemos a aquellas personas que
continúan soportando esta enfermedad y sus repercusiones, ya sea a nivel personal o
porque uno de sus seres amados sufre o ha fallecido por la plaga. Oramos también para
que se ablande el corazón de la humanidad, de manera que aumente su compasión al
atender a quienes más necesitan nuestra solidaridad.

Nuestro mundo ha cambiado por el VIH y el SIDA, y continuamos necesitados de un
cambio en los corazones para responder con amor a aquellas personas cuyas vidas han
sufrido un revés al enfrentar esta nueva realidad. La gran colcha con los nombres de las
personas que han muerto por el SIDA sirve como recordatorio sacramental de las vidas
que esta pandemia nos despojó. En cualquier sitio donde sea exhibida, evoca visiones
de asombro, sobrecogimiento y dolor al ver la cantidad de maravillosas y talentosas
personas cuyas vidas nos fueron arrebatadas por esta enfermedad, y nuestra muy
frecuente falta de voluntad para responder de manera compasiva a esta pandemia.

La Iglesia Católica, tanto a nivel local como universal, ha podido presentar un rostro
compasivo el cual, aunque aún no es perfecto, representa una señal de esperanza y
orgullo para nosotros. Sería mejor para todos si el VIH y el SIDA no estuvieran presentes
en las vidas de los seres humanos pero, en el mundo en que vivimos, estoy muy
agradecido por las personas de buena voluntad que brindan una visión de esperanza, de
bondad y empatía para quienes viven con esta enfermedad y quienes lloran la pérdida de
un ser amado por causa de la misma.

Estas personas, muchas de las cuales se encuentran presentes en esta Misa, y muchas
otras de la herencia de fe en la Arquidiócesis de Atlanta, nos ofrecen a todos una visión
de Cristo que es, a la vez, desafiante y esperanzadora, como los temas de la Palabra de
Dios que tanto dominan este tiempo del Año Litúrgico. Espero que podamos iniciar el
Año Nuevo con más esperanza que temor, con más amor que odio, con más compasión
que apatía, y con más razones para creer en la dignidad de todos los hombres y las
mujeres, en vez de los ejemplos que traicionan la dignidad común.
Pastoral de VIH/SIDA
Arquidiócesis de Atlanta
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Atlanta, GA 30308
Tel. (404) 885-7207
Irene Miranda,
Directora
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